Entrevista sobre el taller

¿Cuál es la propuesta general del taller? 
-Intentar ofrecer herramientas técnicas para desarrollar las especificidades de la escritura narrativa del género non fiction mediante un ritmo intenso de escritura y lectura, que dependerá del nivel de compromiso del tallerista. Y que a lo largo de los 8 encuentros cada persona produzca una crónica completa y bien desarrollada de un viaje, con una cabeza intrigante y de impacto, un ritmo fluido y entretenido, una prosa elegante, una temática atractiva tratada a fondo y un cierre englobador que, con alguna sutileza, tenga la contundencia de un cross a la mandíbula y quede resonando por un tiempo en la memoria del lector. 

¿Es necesario tener conocimientos previos de escritura y/o haber viajado?
-No pondría requisitos para mis talleres pero me da la impresión de que hay uno que se cumple de manera implícita: la mayoría de los inscriptos hasta ahora tuvieron algún tipo de formación terciaria o universitaria -así fuesen estudiantes-, en general en ciencias sociales muy diversas. Creo de todas formas que este no es un requisito sino más bien el perfil natural de quienes se anotan. Está claro que este no sería un taller para gente que no lee literatura ni periodismo narrativo. Algunos participantes tenían experiencia en escritura periodística informativa o eran ya periodistas y comunicólogos: todos dominaban al menos el lenguaje escrito académico. Han habido antropólogos, sociólogos, docentes secundarios, filólogos, politicólogos, arquitectos, publicistas, licenciados en turismo y hasta algún contador muy sui generis. Una vez una alumna me dijo “no tengo ningún viaje para contar”: entonces tuve una disyuntiva pedagógica. Pero incluso a partir de una simple escapada bonaerense bien trabajada puede surgir una buena crónica, o de una fiesta cosplay en el Jardín Japonés. Me gustaría agregar que este no sería un taller para venir a charlar un rato sobre nuestros viajes como en un bar, ni a contar anécdotas: es más bien para estudiar y producir textos ambiciosos. Esto lleva trabajo, dedicación y concentración. Cada quien se exige hasta donde quiere o puede, pero aspiro a que el compromiso del alumno -consigo mismo- sea grande y llegue así más lejos en el aprendizaje. Incluso deseo que publiquen, algo que ya está comenzando a suceder con algunos ex alumnos. Hay quienes asisten a las clases, leen los textos, participan de los debates y se conforman con eso. Y no hay problema con esto, pero están haciendo la mitad del taller. Yo aspiro a que todos lo hagan completo.
¿Cuál es la importancia de las lecturas que proponés como complemento de la escritura?
-Son por un lado, fuente de inspiración. Los compositores de música orquestal escuchan mucha música en sus años de formación y desarrollan un oído que les permite identificar la sutileza más refinada y la complejidad de las obras más originales y valiosas. Yo creo que para llegar al periodismo narrativo, entre otras cosas, hay que entrenar el oído; es decir, oír en nuestra mente la sonoridad de la prosa periodística de grandes maestros como Juan Villoro y García Márquez, para desarrollar un gusto sofisticado que nos permita “paladear” las palabras, a veces en un sentido casi poético pero sin abandonar nunca el non fiction y sus reglas. Y a partir de esto, buscaremos intentar ese mismo efecto en nuestros lectores. En segundo lugar, estas lecturas sirven para identificar los recursos retóricos y la estructura interna de un relato, así como un estudiante de medicina disecciona un cadáver para ver qué hay adentro y entender el cómo. Por suerte, lo nuestro es más agradable.
¿Cuál es el rol del periodismo de viajes en una era de redes sociales, donde mucha gente escribe, twittea y fotografía sus experiencias viajeras?
No sé si un periodista debe tener un rol en las redes sociales porque no creo que sean un medio de comunicación en sí mismas: las veo más como un complemento de alguna otra cosa. No es que no comuniquen socialmente, sino que sus códigos y rigores profesionales a veces son otros y más livianos, precisamente porque los contenidos no los producen profesionales salvo excepciones (aunque en los medios de comunicación formales nada garantiza a priori que no reine la misma liviandad). Yo celebro que las redes sociales sean libres y que cada quien que publique lo que quiera siendo su propio editor. Pero periodismo es otra cosa. Algunos alumnos se han acercado a mis talleres con la idea de hacer el blog de un largo viaje que están por emprender, lo cual me parece auspicioso. Hoy cualquiera hace un blog así que está lleno de blogs de viajes, un privilegio de los tiempos tecnodigitales que tenemos la suerte de vivir. De todos esos blogs, unos pocos tienen un valor periodístico que desde mi punto de vista valga la pena seguir. Lo más común -a pesar de las excepciones- es la exposición hipernarcisista del “mirá como gozo” que teoriza el filósofo Byung-Chul Han sobre el panóptico digital. Quizás me equivoque porque los códigos comunicativos están cambiando, pero no creo que desde una postura enunciativa tan egocéntrica se puedan transmitir muchas sensaciones trascendentes ni se reconstruyan vivencias en la cabeza del lector con un relato potente. Leila Guerriero, en un texto sobre la crónica de viajes en revista Altaïr, escribió con cierta crueldad que: “Viajar para contar es, sobre todo, eso: ver lo que está, pero que nadie ve… Y para los profetas de lo nuevo, los cyberlotodos, los que aseguran que cualquiera munido de celular y su bloggito puede contar el mundo: la crónica de viaje es el ejemplo de que no todos pueden hacerlo. Donde hacerlo quiere decir hacerlo bien. ”.